Caso de cáncer

Tenía ante mí una mujer aún joven -la llamaré Paula- a la que la medicina había diagnosticado un cáncer de páncreas muy avanzado.  Ya no se podía hacer nada por ella, le daban tres meses de vida aunque ella desconocía -por suerte- este último dato.

 

Un médico de Valencia que la estaba tratando con productos naturales, le aconsejó que hiciera también Anatheóresis para liberarse y resolver sus problemas emocionales.

Desde el primer momento, Paula estaba convencida de que iba a sanarse y curiosamente me dijo: “Yo no soy la enfermedad pero estoy enferma”.

 

De manera que empezamos a trabajar. Me comentó, entre lágrimas, que empezó a sentirse enferma cuando descubrió que su marido le había sido infiel con alguien de su propia familia. No eran celos lo que sentía, ni traición, sino RECHAZO, una enorme SOLEDAD y la sensación: “Ahora sí, me muero”.

 

De su infancia casi no recordaba nada (lo había borrado todo). Tan sólo que creció en un pueblo pequeño de la España profunda, que nació la última de siete hermanos y que su madre la quería mucho.

 

Así que, yo disponía de muy pocos datos para empezar una sesión. Pero ante mi gran sorpresa, Paula no sólo entró adecuadamente en IERA, si no que su IERA era excepcional, sin ninguna resistencia a nivel inconsciente.

 

En las primeras sesiones se descubrió que sus padres, lo más pobres del pueblo (él barrendero y ella limpiaba casas), a duras penas podían alimentar a sus siete vástagos. Los niños estaban siempre solos en casa, con frío y sin luz. Pero por la noche, cuando llegaban los padres la casa se convertía en una fiesta a la luz de una vela. Y fue en una de estas veladas, cuando Paula tenía cuatro años, cuando surgió la siguiente escena:

 

Paula: “Ha venido papá, trae una bolsa rosa con caramelos. A mí no me da.” (Llora)

 

Verena: “¿Y tú que haces?”

 

Paula: “Le digo: Papá, yo también quiero un caramelo… (llora aún más). Papá dice: Para ti no hay.”

 

Verena: “¿Y mamá, no está por ahí?”

 

Paula: “Mamá tiene la cara triste, no habla, yo me escondo en el rincón oscuro, así no me ven.”

Aparecieron otros momentos de su infancia en los que ella sentía que su padre no la quería, la ignoraba, la rechazaba delante de todos sus hermanos. Y la madre callaba.

 

Paula: “Papá ha traído galletas de miel de la tía María… quiero una,… no me da, a mis hermanos sí.” (Lágrimas)

 

Verena: “¿Y qué pasa ahora?”

 

Paula: (Grita entre lágrimas) “Papá, la tía María es mi madrina, me quiere, porque soy la más guapa y la más buena, dame una galleta.”

 

Verena: ¿Y Papá te la da?

 

Paula: “Nooo, ahora grita, grita mucho, no sé lo que dice, no quiero saberlo, me tapo los oídos….”(Llora desconsoladamente y continúa en voz muy bajita)

 

“Tú no eres mi hija… tú no eres mi hija… está mirando a mamá, sus ojos no me gustan.”

 

Y la madre se volvió a callar y la niña se volvió a esconder en su rincón.

 

Había que llevarla al Claustro Materno. Así lo hice. Paula se sentía tranquila y aceptada en los primeros meses de la gestación y a su madre la percibía alegre y contenta. Pero un día (sobre los cinco o seis meses de embarazo), mientras la madre caminaba sola por una calle del pueblo, el bebé sintió de repente un golpe en el vientre, oyó una voz y reconoció la voz de su padre gritando:

 

“¡Lo que llevas en tu vientre no es mío!”

 

Lo gritó por todo el pueblo y todo el mundo se enteró de la noticia.

 

A partir de este momento, todo cambió dentro de esa cueva, el vientre de la madre. Todo se volvió oscuro, ya no llegaba alegría. Ahora mamá estaba triste, trataba de esconder su embarazo y la niña dentro de su vientre se escondía en un rincón. La madre ya solo recibía el rechazo de su marido y de la gente del pueblo. Soledad y frío, ya no quería vivir. Nunca rechazó al bebé que estaba gestando, pero quería morir. (Murió quince años más tarde de cáncer de páncreas sumida en una profunda soledad).

 

Pero todo lo que sentía la madre le llegó también a la pequeña Paula, sintió lo mismo, lo hizo suyo, se formó un CAT (Cúmulo Anatheorético Traumático): su biografía oculta por identificación. No le pertenecía, pero no podía discernir, aún vivía en las ondas Theta.

 

Después de la sesión, me confesó que todo lo que había sentido allí dentro, todas las sensaciones eran exactamente iguales a las que sintió justo antes de caer enferma: rechazo y una soledad de hiel, “Ya no quiero vivir”. Y este “Ya no quiero vivir” no era un pensamiento si no una orden inconsciente que se iba a cumplir.

 

Sus abreacciones durante las sesiones eran fuertes pero liberadoras. Se desidentificó totalmente de las emociones y órdenes inconscientes que su madre le había transmitido.

 

Dijo: “Ya no soy mamá, tampoco sus deseos de muerte, ahora soy yo, es como si renaciera.”

Mejoró muy pronto, superó su enfermedad. Han pasado ya cinco años. Va diciendo por ahí: “Esto es un milagro”, pero yo sé que el milagro, si se puede llamar así, LO HIZO ELLA SOLA.

 

Verena Frey.

 

 

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