La actualización no es el origen del daño

Sonia (nombre supuesto) de 42 años, llegó a la terapia aquejada de unas migrañas insoportables que le impedían realizar cualquier trabajo fuera de casa. Estas migrañas aumentaban hasta hacerle perder la consciencia cada vez que se encontraba con su madre.

 

Me la había enviado un amigo médico, buen conocedor de nuestra terapia que la llevaba tratando con fármacos desde hacia años sin conseguir ninguna mejoría. Se dio cuenta de que su enfermedad tenía un origen claramente emocional y anatheóretico.

 

Sonia me contó en Beta que su familia que residía en el País Vasco había sido víctima de ETA. Su padre, poseedor de pequeños negocios, fue amenazado durante años y un día lo mataron. La niña tenía entonces 12 años. Siempre había sentido una gran admiración por su padre y para él, ella fue su ojito derecho. No ocurrió lo mismo con su madre. Sonia nunca se sintió querida por ella, sino rechazada, ignorada y a veces maltratada físicamente.

 

Después de este terrible atentado, la niña permaneció en “shock”. Durante meses no hablaba con nadie ni en casa ni fuera de ella. Se sentía excluida de la sociedad y ella también se autoexcluía.

Al poco tiempo empezó a padecer migrañas. Primero fueron leves, pero según pasaban los meses se hicieron cada vez más fuertes, hasta el día que llegó a la consulta. Lo que sentía ahora por su padre era RABIA y CULPA.

 

Y empezamos con la terapia. Traté de tener en cuenta lo que Joaquín siempre me decía: Tú no sabes nada, sólo el paciente lo sabe, y, navegando por su inconsciente se descubrirán los hechos concretos.

 

Sonia entraba muy bien en IERA (Inducción al Estado Regresivo Anatheorético).

 

Era valiente y estaba dispuesta a ir al origen de su daño por muy doloroso que pudiera ser. Quería sanarse, se había dado cuenta que la enfermedad era ella.

 

Después de una pequeña preparación trabajando en símbolos, la llevé a unas escenas gratificantes con su padre en la infancia, que fueron muy reconfortantes para ella. Pero ya en la segunda sesión, me di cuenta que con su madre no había ni un sólo momento de amor o alegría. La temía, huía de ella escondiéndose en casa de la vecina porque ésta sí le daba cariño. Para Sonia, su madre era la señora que estaba en casa, la que hacía la comida y nada más.

 

En la 3ª sesión la llevé al día del atentado.- Vivenció con mucha emoción los momentos previos antes de que su padre saliese de la casa. Se estaba abrazando a él suplicándole que no se marchara.

 

Aún la oigo gritar: ¡“Papá, no te vayas, algo malo te va a ocurrir”! Me decía que lo intuía, pero papá se soltó de su abrazo diciendo que eso eran chiquilladas y se fue.

A los 2 minutos oyó tres disparos y supo al instante que habían alcanzado a su padre, sin que nadie se lo dijera.

 

No gritó, ni dijo una sola palabra, quedó inconsciente en el suelo. Los disparos seguían resonando en su cabeza. También los gritos de su madre. Dejó de hablar… y surgió la CULPA dentro de ella: “¿Por qué no le retuve, si yo sabía lo que iba a pasar?”

 

En otro momento una RABIA se apoderó de ella hacia la persona a la que más quería, su padre: “¿Por qué no me escuchó cuando le dije lo que iba a pasar?”

 

Le pregunté en la sesión en qué partes del cuerpo le habían disparado y me dijo: “En una pierna, en el pecho y luego en la parte derecha de la cabeza, para rematarlo.”

 

Exclamó sorprendida: “Es el mismo sitio donde yo siento ese terrible dolor, es como si llevara una bala ahí dentro. ¿Me la puedo quitar?”, me preguntó.

 

Y contesté: “No es que puedas, debes quitártela de ahí”. Así lo hizo, sintió un gran alivio y comentó: “Es como si me hubiera quitado la culpa de toda una vida”.

 

A la semana siguiente volvió radiante, contenta. No se había desmayado ni una sola vez y el dolor había casi desaparecido, tan sólo lo sentía un poco cuando veía a su madre. Fue ella quien me dijo que debía haber otra historia anterior escondida en su cabeza, cosa que yo ya suponía.

 

Sondeamos su infancia y surgieron muchos momentos de golpes, castigos físicos casi siempre en la cabeza. Siempre venían de su madre. Pero aún no habíamos llegado al origen. La rabia persistía.

En posteriores sesiones la llevé al claustro materno donde ella percibía que no fue aceptada desde el momento en que su madre supo que estaba embarazada. Tenía ya un hijo al que adoraba, pero las relaciones con su marido iban de mal en peor. Se sentía explotada, maltratada, sobre todo psicológicamente. Gritos, muchos gritos, el amor había terminado y lo que menos deseaba era estar embarazada de este hombre que ahora detestaba. Temía volverse loca.

 

Todo eso lo percibía Sonia con toda claridad, dando imágenes, momentos concretos, etc. Porque todo lo que sentía la madre, lo sentía ella también, lo hizo suyo.

 

Durante todo el embarazo, en varias ocasiones la madre se golpeaba el vientre presa de rabia, casi locura. Y el feto, mi paciente, lo sintió física y psicológicamente.

 

No soy. Mamá no quiere que esté aquí.” Daño y rabia (daño que de adulta lo seguía reteniendo).

Sus vivencias, sus abreacciones eran muy fuertes pero poco a poco se iba liberando de estas emociones guardadas en su inconsciente, su Biografía Oculta, que había condicionado toda su vida.

Comprendió a su madre a nivel profundo. (Comprender para Joaquín es: “Sentir y entender, o sea,  hemisferio cerebral derecho e izquierdo sincronizados”).

 

Comprendió que la madre no la rechazaba a ella como persona sino a toda una situación que no tenía que ver con ella. No era cuestión de perdonarla porque Anatheóresis no habla del perdón, sino de la comprensión. Si comprendes al otro ya no hay que perdonar porque el daño desaparece automáticamente.

 

Y eso es lo que le ocurrió a Sonia.

 

Ya no hay rabia, ni rencor, ni culpa. Desapareció el dolor de cabeza para siempre.

 

Ya han pasado 3 años.

 

Sonia es hoy en día una persona feliz, alegre.

 

(Todos estos hechos han sido contrastados con la madre).

 

Verena Frey.

 

 

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