Inicio CAP.18 La imaginacion no es libre

   En Anatheóresis es fundamental distinguir entre imaginación y fantasía. Pero entendiendo ambos términos no a la manera en que hasta ahora los ha definido la psicología y la filosofía. O, por lo menos, no exactamente de la manera en que hasta ahora han sido expresados.

 

Imaginación y fantasía

 

   Para empezar, afirmaré que la imaginación es una facultad del HCD, en tanto que la fantasía puede ser incluida en el apartado de facultades que corresponden al HCI.

 

   Más concretamente, la imaginación corresponde a los estadios de percepción primaria, a esos estadios prístinos en los que toda percepción con carga afectiva se expresa con imaginería –con imágenes– simbólicas.

 

   Nuestro mundo imaginario de adultos, por tanto, se nutre de las experiencias de hechos concretos que han conformado nuestra topografía theta. Si bien, esas experiencias –unas en el olvido de la biografía oculta y otras no– las interpreta el HCI y las expresa fonéticamente. Así, lo que en el HCD es manifestación –aunque mediante símbolos– de una experiencia concreta, en el HCI pasa a ser una interpretación expresada con abstracciones alfabéticas.

 

 Para una mejor comprensión de qué es imaginación y qué fantasía añado que los símbolos que nutren el lenguaje de los primeros estadios de percepción corresponden a hechos concretos. Así, la descarga emocional de una madre gestante en un momento de alta y grave discusión familiar puede originar un IAT en el embrión o feto que alberga. El IAT, por tanto, lo nutrirá la descarga emocional, pero esa descarga emocional que ha embolsado el embrión o feto contiene implícito –y puede ser evocado en IERA– el hecho concreto, o sea, la discusión, con sus personajes, gestos, tonos de voz, etc., que lo ha originado.

 

   Así pues, cuando en IERA el paciente vivencia ese IAT dispara la carga emocional embolsada vivenciando el hecho concreto –la discusión con sus personajes, gestos, tonos de voz, etc.– que la había originado. Y en IERA nunca, en ningún momento ni ocasión, el paciente podrá dar a una carga emocional embolsada –a un IAT– otra realidad –u otras realidades si es un CAT, puesto que un CAT es un conjunto de IATs– que la realidad que le corresponde. Si ha sido una discusión la que ha originado el IAT vivenciará esa concreta discusión. Y vivenciará todos los restantes hechos analógicos concretos que han ido alimentando –como capas de cebolla– ese IAT originario hasta formar un CAT. Sin que en ningún momento persona alguna pueda modificar las imágenes concretas.

 

   Y eso sí puede hacerlo en beta. En vigilia, toda persona puede fantasear –a eso se le suele llamar erróneamente imaginar– en torno a unos determinados hechos. Incluso sabiendo cómo han ocurrido realmente todos podemos modificarlos a voluntad. Cosa imposible en IERA. O sea, cosa imposible para el embrión o el feto, puesto que IERA lo único que hace es reproducir los mecanismos perceptivos de los tres primeros estadios de conciencia. Y en parte los del cuarto estadio.

 

El test de grandes símbolos (TGS)

 

   Cuanto antecede tiene su comprobación en un test que aconsejo se haga siempre al empezar una terapia anatheorética, un test que consiste en decir al paciente –previamente sometido a IERA– que va a vivenciar los símbolos que siguen: un árbol, una casa, un camino, una llave, una flor y un sol.

 

   Aclaro que cada uno de esos símbolos corresponde a algo muy definido. Aquí tan sólo explico que el árbol corresponde a los hechos concretos que nutren y conforman lo que entendemos por autoridad paterna. Pueden ser, por tanto, el padre, uno de los abuelos, también la madre si ésta ha asumido un rol paterno en la educación infantil del paciente, etc.

 

   Naturalmente, el paciente debe ver un árbol simbólico, no un árbol concreto que, por ejemplo, ha podido conocer en su infancia. Si al efectuar este test ve en IERA un árbol concreto eso puede significar que ese árbol concreto tiene para el paciente un alto valor analógico. Pero lo más corriente es que se deba a que el paciente no ha entrado bien en IERA, o, si ha entrado bien, a que muestra graves resistencias a abrirse a ese símbolo, o, quizás, a que muestra resistencias a la terapia toda.

  Para mejor comprender cómo efectúo ese test de grandes símbolos, así como su interpretación, doy aquí un ejemplo.

 

CASO 13

 

   Queda claro que en el test de grandes símbolos (TGS) el árbol –único símbolo que he desvelado aquí– se refiere al sentimiento de autoridad paterna, pero queda claro también, como ya he indicado, que el rol de autoridad paterna puede asumirlo, asimismo, la madre, uno de los abuelos, o de las abuelas… En definitiva, se trata de lo que entendemos por autoridad paterna como modelo de identificación. Así, si falta el padre o el padre no es para el niño un modelo válido porque es la madre –u otra persona– quien asume su rol, el niño considerará que es esa otra persona el modelo asumible de autoridad paterna. De ahí que a veces el árbol se personalice en la madre o en una de las abuelas y no en el padre.

 

   No obstante, esos roles pocas veces son totalmente prístinos. Lo lógico es que el rol de autoridad paterna lo asuma el padre, pero que la madre interfiera en ese rol de identificación. De ahí que el TGS, aparte su función básica de darnos a conocer si el paciente entra bien en IERA, sea también muy útil como indicador de esas identificaciones.

 

   Por ejemplo, Y. D. visualizó un olivo, pero había un muro que se interponía entre el olivo y él. Y cuantas veces intenté se acercara al olivo –o que el olivo se acercara a él– esto resultó imposible porque el muro era infranqueable. No podía abatirlo, no podía saltar por encima, no tenía huecos por donde poder salir al otro lado… Se hacía claro, por tanto, que si el olivo simbolizaba a su padre –cosa que era de prever por los datos aportados por el paciente en vigilia–, en ese caso a no dudar que el muro simbolizaba a la madre. A una madre que se interponía entre el niño y su padre.

 

  Pero en anatheóresis no hay por qué conjeturar. La duda en torno a si en este caso el olivo simbolizaba a Dios, la paz, el padre, la madre…, esa duda en anatheóresis sobra, porque en anatheóresis todo se resuelve muy fácilmente y sin posible error. Se induce al paciente a que transforme los símbolos y:


R: Es mi padre. Se está riendo.
P: ¿De quién se ríe?
R: De mí. He hecho algo que no le gusta.
P: ¿Qué edad tienes, más o menos?
R: Cinco años.

 

  El paciente –ahora niño en IERA– tenía a su padre ante él, así que le sugerí que observara la actitud burlona, de falsa superioridad que mantenía su padre. Y luego, irónicamente:
P: Tu padre es muy importante, muy inteligente, ¿verdad?
R: (Muy convencido) Sí.
P: Y tú quieres ser muy inteligente, como tu padre, ¿no?
R: (Los “sí” que siguen los dice todos con plena convicción) Sí.        Como mi padre.
P: Pero eso es muy difícil porque tu padre es, ¡buuuf!, inteligente   a tope.
R: Sí.
P: Tu padre no se equivoca nunca. ¿O se ha equivocado alguna        vez?
R: ¡Nunca!
P: Y seguro que sacaba siempre buenas calificaciones.
R: Sí. Siempre sobresaliente.

 

 

 

 

 

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