Inicio CAP.19 La verdad sentida

El diálogo inicial entre un enfermo y un Anatheorólogo es –como sabemos ya– en beta. Y en este estado de conciencia, que corresponde al de vigilia, el enfermo explica su dolencia.

 

Supongamos que el enfermo que acude al anatheorólogo está aquejado de sida. Lo primero que hará será decir que sufre este tipo de enfermedad. O sea, que con eso parece evidente que nos ha dado ya la verdad –y cuantas veces escriba verdad léase también realidad– de su dolencia. Y esa verdad –que es la llamada verdad objetiva– la reafirmará con las analíticas que muestran su nivel de defensas.

 

Y tratándose de verdades orgánicas como el sida –o sea, cuando la somatización es tangible y cuantificable– nadie parece debe dudar de que todo está dicho ya. Pero, ¿es así?

Indudablemente, sí. Pero también indudablemente, no. Porque la verdad de las analíticas es la verdad causal, que corresponde al HCI. Y sabemos que este cerebro busca siempre verdades tangibles y cuantificables. Esas verdades llamadas objetivas que considera incuestionables. Por eso nadie discute que la causa del sida es un virus. Un virus al que se le ha bautizado con el nombre de virus de inmunodeficiencia humana. O sea, VHI en inglés.

 

Pero, ¿es el VHI el causante del sida o ese virus es el efecto de una causa más profunda?

Como mucho el VHI es un signo visible y, por tanto, valioso de que algo a lo que hemos llamado sida y a lo que hemos atribuido una serie de características definitorias se encuentra en nuestro cuerpo. Así, sida es poco más que una descripción puesto que ese nombre de enfermedad son las siglas de: Síndrome de inmuno deficiencia adquirida. O sea, de que hay unos síntomas y signos (síndrome) que muestran un debilitamiento del sistema inmunitario (inmunodeficiencia) y que esto se atribuye a un virus que no es hereditario, sino contraído por el enfermo en vida (adquirida).

 

La verdad objetiva, por tanto, aparte pertenecer a un determinado estado de conciencia, en el mejor de los casos es una verdad desplazada. O sea, desplaza y atribuye a un virus, en el caso del sida, lo que pertenece a un hecho más profundo, pero que las ondas beta no pueden percibir.

Y esto se complica cuando la enfermedad no posee una sintomatología precisa ni cuantificable. Porque entonces pasa a ser una enfermedad cuya sintomatología –o somatización– muestra una verdad que el HCI tiene que calificar de subjetiva.

 

En estos casos el HCI se limita a clasificar la enfermedad con una descripción que es una abstracción formada con los aspectos más habituales de esa enfermedad. O de eso que la medicina convencional considera enfermedad. Por eso hay tantos casos atípicos dentro de una misma enfermedad. Por la sencilla razón de que cada uno de esos enfermos –por ejemplo los esquizofrénicos– pocas veces cumplen todas y cada una de las manifestaciones descritas en el vademécum de la medicina beta. Aparte de que una descripción –por coherente que sea– es sólo eso, una descripción y, a lo sumo, una clasificación, algo que nos permite más archivar que curar.

Y una forma de archivar puede ser ese clasificador de personas, con sus pabellones muy bien distribuidos, al que llamamos centro psiquiátrico. Pero eso no importa, se buscaba una verdad objetiva y ya se tiene. Porque está claro que todos esos enfermos hacen cosas visiblemente –objetivamente– raras. Y esto lo puede ver cualquiera que tenga ondas beta en el cerebro.

 

De momento tenemos por tanto ya una verdad, que es la llamada verdad objetiva. Una verdad que es sólo la expresión de la forma de percepción del HCI. De ahí que la verdad objetiva, al ser formulada y clasificada, acabe siendo una abstracción.

 

 

¿Una cuerda o una serpiente?

 

En anatheóresis se deja primero que el paciente –en beta– explique su enfermedad. Y el enfermo da su verdad objetiva: terminología conceptual, opiniones médicas que en las enfermedades llamadas mentales suelen ser tantas como tan variadas, lamentos vagos en los que los culpables son casi siempre los demás, esos que están fuera de nuestro yo… Y así, el paciente va dando lo que podemos llamar su verdad manifestada. Pero el anatheorólogo sabe –porque la experiencia así lo confirma– que las razones de los daños que afligen al paciente corresponden a unos estadios de percepción en los que la realidad –o sea, la verdad– no era objetiva, sino que correspondía –en los tres primeros estadios– a una realidad subjetiva, altamente emotiva y de hechos percibidos con una imaginería concreta, nunca abstracta. O sea, unos estadios en los que la verdad era una verdad sentida. Y sólo ya en el cuarto estadio los ritmos beta, incipientes, introducían elementos de verdad objetiva en la percepción del niño.

 

Supongamos una persona que va por un bosque de noche –y no importa sea niño o adulto– y supongamos que esa persona ve una serpiente y huye aterrorizada.

 

Y supongamos ahora que esa persona ha creído era una serpiente lo que era tan sólo una cuerda levemente agitada por el aire. Tenemos, por tanto, una verdad concreta –y por concreta debemos entender la auténtica verdad, la real, la que corresponde a las imágenes en su identidad formal, sin nombre ni valoración, o sea, el simple hecho– y esa verdad o hecho concreto es la cuerda. O, mejor, eso a lo que llamamos cuerda. Y tenemos también otra verdad, que es la subjetiva. O sea, la verdad sentida. Lo que sentimos cierto y que, por ello, creemos es la verdad. O sea, la serpiente.

 

La pregunta es: ¿Cuál de las dos verdades nos ha enfermado? Y la respuesta es obvia. Todos sufrimos y enfermamos por causa de nuestra verdad. Y nuestra verdad es aquello que sentimos como tal. Y esa verdad sentida, emotivamente cierta, es la verdad en la que creemos, es lo que consideramos verdad auténtica, real. Más auténtica que la verdad objetiva. ¿O no era un cielo real, auténtico, el que esperaba un cristiano en la Antigua Roma? De no haber sido así, ¿habría aceptado con júbilo ser arrojado a los leones?

 

Por eso un anatheorólogo, ya en la entrevista en beta, debe intentar que el paciente le dé verdades sentidas. Y hechos concretos. Lo que importa es la emotividad, porque esto es lo que irradía el CAT que ha actualizado patológicamente el paciente. Y lo que importa también es el hecho concreto, porque cada IAT tiene su origen en uno de esos hechos. El hecho concreto es el percutor que dispara la emotividad que nos impacta.

 

Pero, desdichadamente, lo que el paciente da al anatheorólogo –creyendo él que son hechos concretos– son tan sólo simples recuerdos. O sea, verdades interpretadas. De ahí que en anatheóresis se lleve al paciente a IERA y se le someta a una adecuada DA, porque así –y sólo así– es posible surjan perfectamente articuladas esas verdades subjetivas –sentidas– en las que se encuentran implícitos los hechos concretos.

 

 

 

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