Inicio CAP.2 empezamos a enfermar en el claustro materno

Cuando inicié mis investigaciones utilizando la inducción a distintos estados de conciencia (EdC) estaba muy lejos de sospechar que en su casi totalidad nuestras enfermedades tuvieran su núcleo patológico inicial en fases de prenatalidad. Desde Freud la idea generalizada –a la que me acogí– es que los daños que nos enferman pueden iniciarse, como mucho, a partir de los dos años de edad. Y es lógico que esa sea la opinión generalizada puesto que, por un lado, hasta hace muy poco la etiología entendía –y en gran medida sigue entendiendo– que embriones y fetos son poco más que una excrecencia en el útero de la madre y, por el otro, si la teoría de los traumas y complejos tiene su contexto dentro de los mecanismos de represión, ¿qué pueden reprimir un embrión y un feto? Y de haber algo que pudieran reprimir, ¿a dónde iría ese material reprimido?

 

Mi primera sorpresa fue, por tanto, comprobar experimentalmente que no hay auténticas enfermedades de adultos. Hay, sí, daños y sufrimientos, pero esos daños y sufrimientos no generarían graves patologías si no hubiera un cúmulo analógico traumático (CAT) en la biografía oculta de ese adulto. Una biografía que entonces –en los inicios de mis investigaciones– erróneamente opinaba iniciábamos todos a partir, como mucho, del nacimiento, cuando, insisto, me encontré con el hecho probado de que suele iniciarse en las fases iniciales de la generación.

 

Ahora –pasadas ya tres décadas desde el momento en que inicié las investigaciones– tanto la neurociencia como la psicología transpersonal –y dentro de ese movimiento psicológico de forma especial Stanislav Grof– aportan datos que inciden en mis conclusiones. No obstante, hasta ahora ningún investigador ni escuela psicológica ha estructurado –como aquí estoy haciendo– una tesis de nueva terapia global y razonada que, además de basarse en hechos prácticos comprobables, está siendo ratificada, en su teoría, por los descubrimientos de las más recientes investigaciones neurocientíficas.

 

En las experiencias anatheoréticas se observa que en la gestación de un bebé –desde el cigoto al nacimiento– la percepción de ese bebé sufre una evolución que va desde una conciencia global, todavía no estructurada en ritmos debido a la carencia de un adecuado sistema neural, hasta un alto estado de conciencia con altos trenes de ritmos theta.

 

Esa conclusión viene justificada –como más adelante explicaré– por el hecho de que, en la práctica anatheorética, la percepción del embrión, y también la del feto, se manifiestan con un lenguaje altamente arquetípico, como si embrión y feto, aunque éste en menor medida, estuvieran todavía unidos a la conciencia global. Luego, a medida que el embrión va ganando semanas y, sobre todo, en el momento en que se va formando ya la estructura cerebral, ese lenguaje arquetípico –estructurado con grandes símbolos mitológicos– se va enriqueciendo con experiencias que corresponden ya a las características básicas del ritmo theta, o sea, una impactante vivenciación emocional de imágenes analógicas fácilmente convertibles en los hechos concretos que se esconden tras esas analogías.

 

Puesto que sabemos que la ontogenia del bebé intrauterino es una síntesis de la filogenia de la especie humana, no es de extrañar que las experiencias en anatheóresis nos muestren que la evolución de la percepción del niño en el claustro materno presenta las mismas características evolutivas que nuestra especie.

 

El fisiólogo Paul McLean, Jefe del Laboratorio de Evolución Mental y Conducta del Instituto Nacional de Salud Mental de Bethesda, en Maryland, USA, describe el cerebro como una compleja interacción de tres sistemas neurales que responden a una evolución iniciada en un remoto pasado.

El primero y más antiguo de esos sistemas – afirma McLean– fue un cerebro básicamente reptiliano. O sea, un cerebro totalmente espacial, basado en los movimientos de acercamiento y alejamiento, de ataque y defensa. Un cerebro frío y ritualizado.

 

El segundo sistema es el cerebro límbico. Este segundo cerebro, que surgió con los mamíferos primitivos, es un círculo casi completo de tejido cerebral que cubre el cerebro reptiliano. Y es en este sistema límbico donde se gestan las emociones intensas –singularmente vividas–, así como las ondas theta y los recuerdos a largo plazo. Es el sistema, en definitiva, que conduce las motivaciones y las emociones. Y es también el cerebro que nos impulsa a buscar la euforia y el placer.

 

 

 

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