Introducción

 

Las páginas de este libro son el tratado Teórico y Práctico de la terapéutica Anatheóresis, un Tratado que espero sea tan riguroso como fácil de comprender. Y en este mi intento por hacerlo comprensible he optado por ordenar el contenido del libro en:

• Un texto central básico que explica por sí mismo la teoría y la práctica de la Anatheóresis.
• Casos extraídos de mis sesiones terapéuticas y docentes que documentan ese texto central.
• Y notas complementarias que proceden, en muchos casos, del texto central y que doy aparte porque entiendo pueden oscurecerlo. De ahí que esas notas sean pocas veces simple bibliografía. Son, por el contrario, casi siempre, valiosos resúmenes complementarios.

A pesar de que cuanto afirmo en este Tratado puede ser fácilmente contrastado con la práctica clínica anatheorética, sé que mis explicaciones serán negadas –cuando no ignoradas– por aquellos científicos –cada vez menos, afortunadamente– que siguen encerrados en la seguridad de las murallas que un día –científicamente ya lejano– levantaron Newton y Descartes. Comprendo ese miedo –que no es sólo paradigmático, sino también biológico– porque la anatheóresis ahonda hasta alcanzar los más escondidos y dolorosos estratos de la psique. De hecho, la anatheóresis no es sólo otra terapia, es también y sobre todo, otra forma de percibir, otra forma de ser y de estar. Esto lo saben no sólo quienes han sido objeto de sesiones anatheoréticas –enfermos o no, si es que hay alguien que no esté enfermo–, sino que lo saben también los terapeutas que la aplican. Y esto pueden avalarlo cuantos alumnos han asistido a mis cursos y utilizan profusamente esta terapia en sus gabinetes. Y lógico es cuanto antecede porque la anatheóresis no es una terapia fundamentada en los procesos de percepción del hemisferio cerebral izquierdo (HCI) –que es el plano de conciencia que utiliza nuestra ciencia mecanicista–, la anatheóresis tiene sus fundamentos y su justificación en los procesos de percepción del hemisferio cerebral derecho (HCD), un hemisferio acausal e interiorizador que metaboliza el conocimiento, que lo encarna en una creciente expansión de conciencia. Subrayo, por otro lado, que la comprensión y valoración de la capacidad armonizadora –o sea, terapéutica– de esa otra forma de percibir –de ver y sentir la realidad– no surgió en mí espontáneamente. Es el fruto de una constante investigación que, iniciada en l960, eclosionó a principios de la década de los ochenta, cuando llegué a la evidencia de que utilizando unos determinados estados de conciencia distintos del de vigilia, así como una dialéctica apropiada a esos estados, era posible obtener una metodología regresiva altamente terapéutica. Desde años antes yo conocía ya la fenomenología de los estados de trance porque había sometido a un análisis crítico experimental prácticamente toda la casuística metapsíquica, pero fue esa nueva metodología la que hizo posible diera una definitiva orientación a la investigación de los fenómenos psíquicos. Así, deseché la hipnosis profunda –en la que el paciente entra en un estado de amnesia– al comprobar la importancia de las inducciones al estado de ritmos cerebrales theta. Y esas inducciones al estado theta –en las que el investigado no entra en amnesia, sino que, por el contrario, es más consciente de sus percepciones que en el estado vigil–, unidas a una dialéctica regresiva sumamente peculiar, fue lo que me permitió penetrar en los dominios de la Conciencia con los ojos nuevos de una nueva realidad. Así, ya entonces surgió ante mí la evidencia de que todos nuestros daños se originan antes de los siete a doce años, y que cuanto posteriormente nos enferma es sólo una actualización de esos daños. Pero me mantenía todavía dentro del mundo sensible, de manera que, aun comprobando la importancia del trauma de nacimiento, consideraba que ese trauma era debido a los daños físicos que, en mayor o menor grado, todo bebé sufre al nacer. Años después, en todo momento utilizando las inducciones a ritmos theta, pude constatar que nuestros sufrimientos empiezan ya en el claustro materno. Y que si nefasto es un mal pecho, mucho peor es un mal útero. Quedó claro, por tanto, que toda cartografía de daños suele tener su origen en el claustro materno. Hasta el punto de que un nacimiento es más traumático cuanto más traumático ha sido el proceso de gestación. Y quedó claro también que, por el contrario, la biografía infantil –o sea, desde el nacimiento hasta los siete a doce años– suele más potenciar traumas anteriores que generar nuevos traumas. Luego, alcanzada la adolescencia, los impactos emocionales no son ya traumáticos por sí mismos, lo son en función de que activan un daño originado en el transcurso de nuestra vida prenatal, natal y, en grado descendente de intensidad, desde el nacimiento hasta los siete a doce años. Si enfermamos pasados esos más o menos doce años esto se debe a que todo cúmulo traumático reprimido hasta esa edad –o sea, antes de que surjan en nosotros los ritmos cerebrales beta maduros– es una carga de profundidad patológica que, en estado de latencia, espera –energetizándose más y más– el acto analógico que la va a hacer estallar. Y ante esto, al lector escéptico o apresurado le aconsejo que vaya directamente a los Capítulos 8 y 9. ¿Y las vidas anteriores? ¿No es el karma la causa de nuestros sufrimientos? Sé que estas dos preguntas y otras similares son inevitables. Y lo sé porque las terapias regresivas habituales se sustentan en la creencia de que toda enfermedad ha tenido su origen en hechos ocurridos en un tiempo que corresponde a una vida anterior del paciente(1). El karma, a entender de esos terapeutas, es el origen de todas nuestras aflicciones. Y tan definitivo, en su acción, consideran el karma que muchos de esos terapeutas distinguen entre enfermedades no kármicas, que son las que se resuelven, y enfermedades kármicas, que son las que no pueden resolverse. O sea, las que ellos no pueden o no saben resolver. Siento decir a quienes efectúan terapia regresiva tan sólo basada en vidas anteriores que si he sustituido la palabra Regresión por Anatheóresis eso ha sido básicamente con la intención de dejar claro que la terapia que yo preconizo no incluye creencias ni doctrinas. La anatheóresis es ciencia. Esto podrá comprobarlo el lector leyendo las páginas que siguen. Y si bien es cierto que utilizo, en algunos casos, una estrategia basada en vidas anteriores, cierto es también que, como explicaré, eso tiene una razón puramente escenográfica, no una razón doctrinal. La anatheóresis está avalada por un más que alto porcentaje de dolencias resueltas. Dolencias que, no hay que olvidar, han pasado antes y no han sido resueltas por la medicina convencional. Y esto –de lo que pueden dar testimonio profesionales de la salud, entre ellos médicos y psicólogos que practican la anatheóresis– bastaría ya para acreditar esta técnica terapéutica. Pero hay más: también la teoría en que se sustenta –y que en sus bases establecí hace ya décadas– está siendo ahora respaldada por los últimos descubrimientos de la neurociencia y por las más recientes tesis de la Psicología Transpersonal. Con la diferencia, en cuanto a esta última, que –aparte no ser una terapéutica– sus investigaciones base –las de Stanislav Grof– han sido hechas utilizando drogas alucinógenas, cuando, para obtener mejores resultados, a la anatheóresis le basta una inducción a ritmos cerebrales theta, casi una simple relajación.

 

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